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Dibujo de Pablo Bolivar

My own reality

 Hace miles de millones de años (por empezar ya con un número impactante) el hombre empezó a hacer música con instrumentos muy rudimentarios: dando puñetazos a un tronco quizás. Seguramente esa primera música tenía efectos lisérgicos o tranceros en aquellos que la producían y después también a los que la escuchaban. En África y en algunas partes de Asia aún podemos ver esa conexión entre el trance y la música.

 En algún momento, en Europa eso se perdió. Quizás la religión, quizás la politica o quizás los aristócratas, que decidieron no asociar sus gustos musicales con los de la plebe y se volcaron en la música clásica. Pero llegó el siglo XX y nos trajo la música electrónica, devolviéndonos lo que era nuestro: El trance.


La música electrónica es la música del siglo XXI. Y esto es así por varios motivos, pero sobre todo uno: porque supone el inicio de algo realmente nuevo, el uso de las computadoras para generar música. Una enorme ruptura con toda la música anterior y una vuelta a empezar. Parece poca cosa pero sólo por eso ya merece estar en los libros de Historia de la música.

Por suerte, ese no es el único motivo. Gente como Pablo Bolivar, ayudan a engrandecer el repertorio de la buena música artificial (que no superficial).
Su música es lisérgica, narcótica, trancera, cristalina como un diamante y redonda como un puñetazo en la cara.

La música electrónica es también emocionante por la avalancha de críticas que ha tenido que ir esquivando. Críticas mucho más duras que el Rock & Roll en sus tiempos.

Brus Esprinstin y ColdPlay no pasarán a la Historia de la Música, y no porque no hagan buena música sino porque si lo vemos desde un punto de vista global son menudencias creativas. Sí entrarán en los libros: Richie Hawtin, Vladislav Delay, Jan Jelinek, Jeff Mills... (O quizás no...)

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Bernat Moreno
Illustration & Books
IBIZA | TOKIO | VALENCIA
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